Cautiverio

 

Emmanuel llevaba un paso despreocupado al caminar por las calles de la colonia. Pareciese que no tuviera ningún tipo de prisa, daba pasos lentos, largos y de vez en cuando hasta daba pequeños saltos tratando de sincronizar su andar con el compás de la balada que venía cantando. Desde hacía ya varias semanas que en ocasiones se encontraba entonando las letras de los corridos que a diario escuchaba. De entre las muchas cosas que venía pensando aquel domingo por la mañana, el por qué de su nuevo hábito de trovador lo ocupó por más de cinco cuadras mientras continuaba su camino con ese andar recién adquirido; tan jubiloso y despreocupado que hacía que quien viera a Emmanuel lo tomara ya sea como un dichoso logrado o algunos de esos que todo el día iba drogado.

 

            ¿Qué provocaba esos sus episodios de euforia lírica? Los corridos eran cotidianos en su ciudad, había crecido escuchándolos y cantándolos una y otra vez; aún cuando hace algunos años, cuando el gobernador vetó cualquier tipo de corrido en espacios públicos con el motivo de que promovían el crimen organizado. Quizás la falta de sueño y el comer poco era el origen de esos lapsus, últimamente había tenido mucho trabajo y no había tenido ocasión de relajarse. Tal vez era algún extraño padecimiento de esos que se oían de voz en voz, como ese ante cuál el sobrino del dueño del abarrote de la colonia había sucumbido hace ya algunos meses. Don Carlos contaba como su sobrino de un día para otro comenzó a escribir versos y coplas sin cesar; las recitaba del alba hasta el anochecer, haciendo pausas solamente para componer nuevas obras. Don Carlos tenía fama de inventar historias, sin embargo la de sus sobrino resultó ser verdadera; las ventas en el abarrote subieron durante la temporada que el muchacho estuvo ayudándole a su tío al regresar los clientes buscando al joven poeta que además de darles el cambio en moneda les recitaba y les hacía llevarse consigo un agradable poema.

 

            Emmanuel llegó a la tienda de la cuál Don Carlos se mantenía y pasaba sus días. El humilde y pequeño abarrote contrastaba con las residencias monumentales a sus alrededores. "El Milagro" era al mismo tiempo el nombre del lugar y el hecho de que este siguiera en pie después de tantas décadas.  Desde los cincuentas, con el fruto inesperado que fue el dinero clandestino provisto por los cárteles de la droga colonias como la Chapultepec vieron como palacios grecorromanos se levantaban entre sus manzanas. El Milagro era lo único que quedaba de una época si bien humilde e inocente, al final de cuentas decente.

 

            –Buenos Días Don Carlos, lo de siempre por favo­r­– dijo Emmanuel,

            –Aquí tienes Emmanuel, Dos cajetillas y un café­– le respondió Don Carlos.

            –Gracias, hasta luego Don Carlos, hoy ve venamente para escribir miempreias, hasta luego Don Carlos, en Cartraanochecer, haciendo pausas solamente para escribir miemprengo con prisa– exclamó Emmanuel a la par que encendía en cigarro.

            –Espérate muchacho, quiero hablar contigo, me tienes preocupado...– le dijo Don Carlos.

            –Ya le he dicho, todo esta bien, es sólo que el trabajo me trae alterado, hay mucho que hacer y ¿Sabe qué? Yo soy el único con la experiencia y la tenacidad para hacerlo. Pero eso no importa, ahora mis hermanos, mi madre y yo tenemos con que vivir, ¿Desde hace cuanto que no le he pedido fiado o le he quedado debiendo?– replicó Emmanuel con un aire de apologética satisfacción.

            –Si Emmanuel, ¿Pero a qué costo, tu salud, tu paz, tu futuro, tu integridad... tu alma? Te conozco desde niño y se que hay bondad en ti, se que estas en el negocio por necesidad y salirse no es nada fácil, pero por el amor de Dios Emmanuel esto tiene que acabar cuanto antes. Entiéndelo, estas en un infierno en vida.

 

            Emmanuel se quedó mudo con la franqueza de Don Carlos, la ira se infiltró en su cuerpo y le urgía a desenfundar el arma que traía fajada en la cintura. Se detuvo en seco al darse cuenta de que estaba a punto de apuntarle a quien le enseñó a vivir, aquél que sirvió como sustituto cuando su padre se marchó; horrorizado por su reacción se dirigió hacia la puerta y se puso en camino de vuelta a la casa de seguridad.

 

            En lugar del idílico trayecto de ida, la vuelta se tornó en un mar de tormentos. Las palabras de Don Carlos hacían eco en recuerdos que hubiera preferido olvidar, enterrados debajo de una vida como la de los grandes cadenas de oro, fiesta, corridos, carros del año, mujeres, tabaco, porro, cocaína y alcohol. Ráfagas y llantas quemadas, cuerpos bañados de rojo, gritos de agonía y familiares de luto es lo que había dejado a su paso desde que comenzó a trabajar para el Cártel. Emmanuel era un enviado de la parca, un asesino a sueldo, un sicario del narcotráfico.

 

            Pasados unos minutos, se tranquilizó y volvió a reprimir las imágenes de destrucción que eran los recuerdos de sus trabajos. Quiso mejor volver a lo que venía pensando en el camino a El Milagro. Después de buen rato pensando en el por qué de sus cantares se dio por vencido y su mente divagó hacia su misión del día, vigilar y mantener cautivos a los levantados de hoy. Quería que el día pasara rápido para encontrarse con María; llevaban viéndose ya unos meses, a el le había atraído su belleza y su carácter, a ella además de las agallas de Emmanuel, también le gustó la vida de lujos que este le proporcionaba. De pronto se vio de nuevo en un estado de dicha, comenzó a cantar: ...No hagas caso si te dicen que soy malo, son cosas de mi trabajo, no te oculto la verdad... Y ahí cayó en la cuenta, la canción que entonaba se titulaba El Sicario Enamorado, al igual que el sobrino de Don Carlos, Emmanuel padecía de amor. 

 

            Llegó a su lugar de trabajo, como de costumbre paso a la sala donde tenían a los secuestrados. Relevó al pobre diablo que había hecho vigía las dos últimas noches, ahora era su turno. Tomó una silla, y sentándose en ella comenzó de nuevo a fumar para pasar el tiempo.

 

            Al cabo de un buen rato, creyó oír que uno de los prisioneros balbuceaba como tratando de decir algo a través de la cinta canela que tapaba sus bocas. Emmanuel fue a revisar quien estaba haciendo esos sonidos molestos. Al verla, en la cara de él se encarnó lo miserable que era la situación. El sabía lo que les sucedía a las personas que estaban en ese cuarto, el mismo había sido el verdugo ejecutor de sus sentencias. Si tenían suerte sería un tiro de gracia, si tenían información o alguna deuda que pagar, bueno, vivirían más pero añorando el tiro en la frente. Ahí estaba María, esposada y con un futuro desolador. Ya no lo podía soportar más, la vida de un sicario no era para él. Libero a María y le dio un apasionado beso de despedida, le dijo que dejará la ciudad y no mirará atrás, que jamás se enamorará de un hombre como él. Le dio las llaves de un vehículo blindado guardado en la cochera de la casa de seguridad. –¿Qué esperas? Olvídame y sálvate– así fue como Emmanuel se despidió de ella.

 

            Liberó a los otros once secuestrados, sacó su segunda cajetilla y tomó el último cigarro que le quedaba; regresó a su silla, cruzó sus piernas, lo encendió y esperó serenamente su destino.

 

Raúl Monraz, TD ‘17