Piezas

 

      De verdad que le parecía inocente, que el empleado en aquel almacén cavernoso de sus sueños llevaba buenas intenciones. Es que no pudo comprender la fuerza que aplicaría al tocar, no sabía la destrucción que sus caricias sutiles llevarían a cabo. Se le había advertido, por supuesto, que los contenidos del próximo envío, una pareja de anfibios amantes en cajas separadas, serían frágiles. Pero al descargar la primera caja, al avanzar sus manos ahuecadas dentro del agua hacia la hembra, tan pronto como rozó su vientre rosado y liso, ella se deshizo. En tres piezas plásticas se descompuso, limpiamente, sin entrañas que habrían resistido la fisión, como juguete maldito diseñado por ingeniero bromista. Las manos culpables se volvieron rígidas en el agua, congeladas entre los trozos flotantes del animal, mientras un alma arriba se derretía en llanto.

 

***

 

      El macho, que ansiaba reunirse de nuevo con su amor, llegó cayendo en el depósito permanente, echado bruscamente por brazos que ya se habían resignado al fracaso de haber destruido. No la reconoció cuando vio sus rastros que flotaban en el depósito y se apuró hacia el fondo para buscarla. No encontró a la que buscaba pero no sabía llorar. Se quedó inexpresivo. Habría estado plantado allí para siempre si no hubieran aparecido sus dedos pequeñitos, con sus uñas que ligeramente lo acariciaron y que tiraron de él. Giró y justo en frente estaba su amor, o por lo menos su tercio más cariñoso: sus patas anteriores aún vinculadas a la cabeza. Ella le agarró las manos y las llevó hacia su cara, ofreciéndole pruebas tangibles de su supervivencia milagrosa. Sus ojos le susurraban. Ni pienses. Estoy aquí.

      Son los axolotl. Si disfrutan de la regeneración de los miembros en el mundo mortal, no era posible que murieran en un sueño.     

 

***

 

      Se despertó sudando. Comprobó el acuario y suspiró. Allí estaba su mascota, contento como siempre, colgando de las plantas sintéticas. Del otro lado de la habitación sonaron tres tonos, llenos y radiantes como los timbres de escuelas primarias. El ruido que anunciaba un nuevo mensaje de su novia.

      Lo ignoró. Anduvo tropezando al tanque donde vivía el axolotl y destapó la lata de pastillas a su lado. Era hora de preparar los alimentos, y sus pensamientos despegaron para otros temas. Hace mucho tiempo había leído un cuento sobre los axolotl, en que el autor, quizás Márquez o Cortázar, detectó en ellos una humanidad encarcelada y quedó cautivado por sus misterios. Aún se acordaba del momento que leyó las súplicas que encontró el autor en sus caras triangulares: Sálvanos, sálvanos. Y justo después, cuando se había girado en su silla para descifrar los pensamientos de su propio axolotl, allí estaba, fijado hacia él también, penetrándolo con ojos permanentes.

      Pero si de verdad existían pistas de pensamientos humanos en su salamandra, los años de monotonía las habían borrado o el axolotl le había engañado, porque invariablemente le frustraba con sus estupideces mudas. El autor clásico, por cierto, nunca tuvo que aguantar el sufrimiento torturador de cebar a un axolotl, de sujetar una pastilla en el agua y esperar como idiota a que el anfibio se diera cuenta de que era comida el objeto que le empujaba (a menudo tenía que utilizar una pipeta plástica, penetrando la boca a empujones para iniciar una probada). Tampoco había sentido el terror de salvar a un axolotl de la aspiradora del tanque, cuya apertura otra vez le tentó a explorarla con la cabeza. De vez en cuando, mientras miraba a su mascota fijo y estoico en el agua, imaginaba cada antepasado espectador que hubiera encontrado más que una bestia en ese animal. Pero la monótonía de su propia vida siempre aplastaba cualquier delirio y su mente sustituía empatía por indiferencia.

      Otra vez cantó su móvil, y dejó el tanque. Su novia le había invitado a cenar, en un lugar sofisticado cuyo nombre apenas reconocía. Cayó en la cama y leyó el mensaje otra vez. Los dos se conocieron en la oficina ocho meses antes y empezaron a salir juntos siguiendo un protocolo científico. Al principio negociaban fechas de citas como si fuera otro asunto del trabajo. Después de unos meses, desarrollaron una atracción, y después un afecto, pero siempre sentía obstáculos para entregarse a ella. Le gustaba entretenerla, y ella a su vez lo inspiraba con sus ambiciones, pero la posibilidad de imbuir en ella su ser y luchar cada día para no dañar lo de ella encargado en sí le espantaba, por si acaso alguno saliera herido. Pensó en su sueño, en la fragilidad que nadie puso comprender, y se le escapó una risa amarga. El amar y el destruir son actos iguales, o por lo menos tienen el mismo requisito: aislar la porción más vulnerable del compañero.

      Durmió por una hora, se levantó y se vistió. Mientras apagaba la luz le captó una forma en el rincón. Estaba demasiado lejos para distinguir detalles, pero vio perfectamente el cuerpo pequeño e inmóvil, como una flecha apuntado hacia él, dirigido por su cabeza y sus ojos sin párpados.

 

***

 

      Entró chocando con la puerta aquella noche, dominado por un vértigo borracho que sólo la pasión podía estimular. Agarró una maleta de debajo de su cama y tiró sus pertinencias en ella sin orden. Finalmente había llegado la hora de dedicarse a otra, de mudarse y emprender una nueva era de amor. Las cosas fuera de su alcance las dejó. Sin respiración, arrastró la maleta hacia la puerta de su habitación, consciente de que sería la última vez que atravesaría su marco.

     Dio una vuelta y se enfrentó con el acuario, plácido como siempre. Lo agarró y intentó levantarlo, tirando primero hacia el borde de la mesa, pero por causa de su prisa juzgó mal la distancia. El tanque vaciló sobre el borde momentáneamente antes de caer. Se estrelló contra el suelo bajo su grito desesperado.

 

***

 

      Sólo se oían las pisadas rápidas y lejanas de uno que decidió abandonar lo desahuciado por otro esfuerzo ciego. En el piso yacía el axolotl, su corazón latiendo más despacio pero, a través de su piel traslúcida, siempre a plena vista.

 

Inspirado por "Axolotl" por Julio Cortázar

 

Jacob Albert, SM '17